lunes, 20 de junio de 2011

Acta de defunción de La Matanza (¿del año 1860?)



Hace muchos años tuve oportunidad de leer una copia del documento que figura abajo y me hizo mucha gracia.


Ahora, gracias a la maravilla de "san Google imágenes", he vuelto a encontrarlo y lo puse aquí porque me parece una curiosidad.

Algunos amigos me han preguntado si de aquí provendrá eso de visto y considerando que el muerto no declara... Sinceramente, supongo que no, pero vale la pena leer el acta.





TRANSCRIBO EL TEXTO manteniendo la grafía original:

Acta de Defuncion

El infrascripto, Eusebio Rodriguez, Alcalde, certifico que don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente tapao con un poncho al parecer reyuno le sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino "El Catalan" de la quebrada de Doña Pepa, lugar muy conocido y de pública voz y fama en el pago. Interrogao el cadaver por tercera vez y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categorica alguna resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos conforme cuadra sus circunstancias física de que certifico. Nota: hago constar de que el finao era muy amante de la bebida y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía una cicatriz en la quijada izquierda producido por un cucharón de grasa caliente que le arrojó al rostro de la cara la hija de la parda Nicolasa, no se sabe por qué safaduría.- Vale.-



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El documento tiene un sello en el ángulo superior derecho que dice 1881, y al final tiene agregada una nota que dice que fue hallado en el archivo de la Municipalidad de La Matanza (Buenos Aires), luego hay una parte ilegible, y a continuación parece decir año 1860.


lunes, 14 de enero de 2008

LA ESTUPIDEZ. La infinita estupidez

CRÓNICA DE UN VIAJE CON DEMASIADOS INCONVENIENTES

Voy a relatar las deplorables experiencias que viví en Península Valdés y Punta Tombo, en diciembre de 2007.

Usted va a enterarse aquí de algo que las oficinas y agencias de turismo omiten -con especial cuidado- decir.

Créase o no, ahora está prohibido acercarse a los animales y todos los espacios naturales donde viven han sido cercados con alambre.

Si tiene paciencia, puede leer esta serie de notas y va a enterarse de los detalles; pero si no tiene muchas ganas de leer, o no tiene tiempo, le sugiero que al menos mire las fotos, que hablan por sí solas.

Para su comodidad, he dividido el relato en episodios.

viernes, 4 de enero de 2008

LA ESTUPIDEZ - Episodio 10

FUI INSULTADA POR EL GUARDAFAUNA

Pongámoslo así: él, con su mentalidad obtusa, pretendió insultarme, pero utilizó unos términos que para mí eran un elogio:

"Cuando un animal se cruza en el camino –me dijo–, el otro animal se corre."

Siempre tuve claro que soy un animal, así que las palabras no me ofendieron, pero sí me ofendió la mala intención con que fueron dichas, de modo que me planté en el lugar y me dije que tendría que sacarme a empujones o algo así.

Claro, es prácticamente imposible hacer razonar a un imbécil, y el pobre hombre seguía insistiendo con que me corriera, ya de muy mala manera y en tono muy alto.

La gente miraba azorada, y mi compañero se mantenía expectante, porque me conoce bien.

Él estaba esperando el momento para intervenir, en caso de que el fulano intentara ponerme una mano encima... pero sabiendo, como sabe, que era perfectamente posible que fuera yo quien iniciara una agresión física, porque, debo confesarlo, cuando alguien me saca de las casillas el entorno se me desdibuja, dejo de ver, o mejor, veo únicamente al agresor que tengo delante, y es entonces cuando me olvido de todo lo aprendido, me olvido de las buenas maneras, me olvido de mi gusto por las reglas de urbanidad y aflora el animal salvaje que en realidad soy.

En fin, en un alto de la discusión que sostuve con ese "zapato" con poder, mi compañero, con el buen tino que siempre muestra, se acercó, alargó una mano hacia mí y pronunció una palabra mágica: "Vamos...".

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La estupidez es infinita.

LA ESTUPIDEZ - Episodio 9

LA SITUACIÓN MÁS HERMOSA Y TAMBIÉN LA MÁS DELEZNABLE

Como decía, estábamos volviendo hacia la salida, caminando por el sendero rodeado de nidos, y me detuve a mirar a una pareja de pingüinos que estaba al borde del camino. Solamente los miré.

Yo los miraba y ellos me miraban. Estábamos a escasos 50 cm, la pareja de pingüinos detrás del alambrado, yo sobre el camino.

De pronto, el macho avanzó hacia mí y comenzó a tirar de los cordones de mis zapatillas. Tiraba suavemente, y yo me quedé paralizada de la emoción, sin siquiera atinar a sacar la cámara de fotos, que ya había guardado, para no asustarlos.

Comencé a llamar a mi compañero, que se había alejado un poco, para que viera la situación, y mientras tanto el animalito siguió degustándome. Cuando se cansó de los cordones, continuó probando mi pantalón, para luego seguir con un cordón de mi campera.

Imagino que mis prendas de vestir no le agradaron mucho, porque no hizo nada que pudiera interpretarse como un intento de comer(me).

Yo estaba encantada y había vuelto a ponerme de buen humor, pero llegué al éxtasis cuando también la hembra se acercó y comenzó a degustarme.

A todo esto, se habían reunido unas cuantas personas que andaban por ahí y estaban mirando lo que pasaba; serían 7 u 8, además de mi compañero, que no quería acercarse demasiado para no alterar la situación.

Esta es una de las mejores cosas que me pasaron en la vida, si no fuera porque la vio un abnegado e incorruptible guardafauna, que evidentemente quería lucir su poder ante mí y ante la gente que estaba mirando.

El personaje, que era un hombre joven, se me apareció por la espalda y me dijo que debía alejarme de los pingüinos.

Yo argumenté que no les estaba haciendo nada y que eran ellos quienes se habían acercado a mí, pero este dedicado servidor de los pingüinos insistía en que debía dar un paso atrás.

Por supuesto, yo no quería hacerlo y me resistí machacando con mi argumento, pero al fin decidí dar un paso atrás. Hice esto porque notaba que me estaba subiendo la presión y no quería que el buen hombre me sacara de punto; pero la verdad es que di solo un pasito –de unos 40 cm, digamos-.

El hombre, desde luego, notó la corta distancia recorrida por mí, y siguió presionándome para que diera otro paso, pero más largo.
Yo ya estaba perdiendo la paciencia y retrocedí unos 30 cm más.

Fue entonces cuando intentó insultarme. Digo que intentó, pero en realidad...

LA ESTUPIDEZ - Episodio 8

LA ESTUPIDEZ INFINITA

He leído por ahí que Einstein habría dicho algo así:
SOLO HAY DOS COSAS INFINITAS: EL UNIVERSO Y LA ESTUPIDEZ.
Y NO ESTOY TAN SEGURO DE LA PRIMERA.

Mi poca cultura me impide pronunciarme sobre la justedad de la presunta cita y de su autor. Pero de algo estoy segura: se non è vero, è ben trovato.

Estábamos por llegar a Punta Tombo y la mal agraciada Graciela iba recitando sus instrucciones. Algunas fueron estas:

"No se acerquen a menos de un metro de los animales."
"No los toquen, porque los pingüinos no siempre están de buen humor y tienen un pico filoso."
"Si un pingüino se les cruza en el camino no traten de detenerlo, déjenlo seguir su rumbo porque si no puede desorientarse (!) y si eso sucede puede abandonar el nido."
(Ya dije que tengo muy buena oreja y como además soy bastante histriónica supongo que habré hecho una mueca de incredulidad, porque a continuación oí la perlita).
"Sí, sí, se sabe de pingüinos que han abandonado el nido porque se desorientaron."

No me gustan los argumentos "ad hóminem", pero me encantaría saber cómo llegó ella, o quien se lo haya dicho a ella, a estar en condiciones de afirmar que "se sabe de pingüinos que han abandonado el nido porque se desorientaron".

¿Cómo lo saben? ¿Les preguntaron? "Dígame, señor pingüino, ¿por qué ha abandonado su nido?"

No me imagino a un pingüino dándole explicaciones a un biólogo ni a nadie. Pero soy tan bien nacida y estoy tan bien predispuesta a encontrarle una respuesta a este intríngulis que voy a decir cómo podría haber sido la estrategia, para sacar de apuro a quien sea que haya lanzado ese aserto (con "s").

Vamos a suponer que la afirmación la soltó una Gracielita cualquiera, de esas que abundan. Puedo imaginarla tratando de comunicarse con el pingüino y estableciendo un código "ad hoc" para obtener una respuesta.
–Sr. Pingüino –sería capaz de decirle-, ¿usted abandonó su nido porque está desorientado? (Mutis del pingüino). Sr. Pingüino: le recuerdo que el que calla, otorga. Si no me contesta consideraré que su respuesta es afirmativa. (Mutis del pingüino).

Estupideces de este tenor digo yo en forma diaria; pero eso sí, como chanzas. Escucharlas en serio me pone de un humor bilioso.

Porque no sé si usted sabe que los pingüinos de Magallanes viajan todos los años hasta Brasil (llegan a veces hasta la altura de Río de Janeiro) y vuelven a Punta Tombo; aquí buscan el mismo nido que utilizaron el año anterior, se reencuentran con su pareja y comienza la etapa de reproducción y crianza de los pichones.

Es decir, viajan por el mar cerca de 5.000 km y encuentran el nido del año anterior. Pero... si alguien se interpone en su camino se desorientan y pueden abandonar el nido.
Estoy de acuerdo con cederles el paso para no incomodarlos, pero que nadie me venga con un argumento tan estúpido.

Estaba en problemas, lo sabía, pero todavía quería ver a los pingüinos, meta principal de mi viaje, así que me armé de paciencia para soportar lo que no soporto: la estupidez.

Llegamos a la pingüinera y allí también surgió la consabida estupidez: no fumar. Pero la Gracielita le puso un condimento.
Antes de entrar a la zona protegida, es decir, antes de pasar cierta valla, se puede fumar, pero la guía añadió que "no se pueden tirar las colillas encendidas, ¡NI APAGADAS!"

Confieso que en este punto el diablito travieso que todos tenemos dentro dio por tierra con mi gusto por las cuestiones de urbanidad, y estuve en un tris de preguntarle qué podíamos hacer con ellas...
Pero no lo hice.

Y mientras fumaba tranquilamente un cigarrillo descubrí por allí a un animalito amoroso, que me puso de buen humor. Es el de la foto.


Nos runruneamos un rato y luego lo puse sobre la valla antes aludida.

Espero que el señor de la foto no se moleste, si se ve aquí. Nos gustó "la foto dentro de la foto".


Luego ingresamos al área de la pingüinera propiamente dicha.
(Tan estúpido es todo cuanto sigue, que me cuesta ordenar el relato).

Allí se puede andar únicamente por un camino, artificial, hecho de ripio y limitado por ambos costados con alambrados –no les tomé fotos porque ya estaba muy asqueada–.
Ese camino, que conduce a la gente hacia el mar (por supuesto, los animales van por donde quieren ellos, y eso está muy bien -digo yo, que ya no entiendo nada–) atraviesa la zona de nidos.
Así como lo lee:

Nadie puede acercarse a menos de un metro de un pingüino, pero el camino atraviesa la zona de nidos, y hay nidos que están pegados al camino, e incluso algunos están prácticamente debajo del alambrado.

Pero eso sí: ¡pobre del turista levantisco que, para sacar una foto por ejemplo, pase un pie por debajo del alambrado o incline el torso sobre él.

Si tal sacrilegio sucede (y sucede) aparece de inmediato un devoto guardafauna, que a pesar de haber nacido con un sinnúmero de virtudes carece por completo de sentido común, y lo amonesta severamente.
¡No se debe molestar a los animales, qué embromar!

La pingüinera es un área gigantesca. Los nidos están en tierra firme, y están por todas partes. Para donde uno mire, hay nidos y los pingüinos son deliciosos de ver. Aquí van algunas fotos.


Como puede apreciarse en esta, una vez más violé las reglas. Aquí me acerqué a menos de un metro. Cualquiera puede ver y criticar mi cara de mal llevada y sospechar mis malas intenciones.


Esta toma es a continuación de la anterior. Aquí puede apreciarse que el animal ha agachado la cabeza. Esto, seguramente, es el comienzo de un trauma existencial por acercamiento de turista.


A este otro lo estuve observando un ratito y quedó así...
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Ya casi estábamos al final del recorrido y yo hubiera apostado fuerte a que allí sí podía tomarse contacto directo con los animales, en la playa.

Porque por más imbécil que sea la persona que establece las instrucciones, por más que sea, por ejemplo, otra Gracielita, tiene que darse cuenta de que si se puede caminar por la zona de nidos -que es donde los animales están más indefensos- sin provocar la muerte de pichones ni de adultos, se puede, con muchísima mayor razón, caminar por la playa junto a los pingüinos, pues cualquiera de ellos podría ponerse a salvo de un humano mediante el sencillo expediente de meterse en el mar.

Pero realmente la estupidez es infinita.

El camino con alambrada termina en un mirador de altura, de mucha altura, y los pingüinos pueden verse así:

¿Ud. no los ve? Son las manchitas oscuras que están en la playa y en el mar.
Llegados a este punto mi decepción fue completa.
.
.
Así se ven acercados por el zoom, pero no a simple vista.
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En fin, yo no había viajado hasta allí para ver a los pingüinos desde semejante distancia, y eso cavilaba cuando apareció la devandicha poco agraciada guía, Graciela, y pretendió decir alguna cosa graciosa, que, como era de esperar, le salió sin gracia.

Pero comoquiera que se había acercado a hablarnos, le expresé mi disgusto diciéndole que me sentía estafada por tener que ver a los animales desde una distancia tal que me impedía ver nada, y que antes que así, prefería verlos en un zoológico.

¡Aaah!... Para qué se lo habré dicho.

Cualquiera sabe que en los regímenes totalitarios, pensar es considerado un delito, y alguien debe haber aprovechado para meter esa idea en la oquedad craneana de esta pobre mujer, porque reaccionó de manera inadecuada y desmesurada.

En resumen:
La Gracielita montó en cólera y pretendió explicarme, de muy mala manera, que los pingüinos estaban allí cumpliendo una "muy importante función". Me lo dijo como si yo hubiera sido idiota y no lo supiera, y sin darme lugar a réplica pegó media vuelta y se fue.
Esto es: la señora Graciela es una perfecta mal educada y, por añadidura, bruta.

Podía haberme dicho lo mismo en otro tono y tal vez yo me hubiera callado, pero así, por su prepotencia, le grité -para que me oyera, porque se estaba alejando- que no estaba de acuerdo, que su argumento no resultaba convincente.

Entonces se volvió y nos dijo que siguiendo otra senda que hay por allí, se llegaba a otro mirador que estaba al nivel del mar. Allí fuimos, y vimos esto:

También aquí está el alambrado, aunque no lo enfoqué. Pero quiero señalar que las manchitas oscuras desparramadas sobre la zona clara y pedregosa ¡son pingüinos!
¿Ud. no los ve? - "La imaginación al poder", pregonaban los muchachos del mayo francés...

Ahora bien, en cuanto comenzamos a dirigirnos hacia la playita de la foto, esta mujer se nos pegó a los talones y estuvo permanentemente vigilándonos.

Motivos no le faltaban. En algún momento del recorrido seguramente me habrá oído decir que los pingüinos son deliciosos, que dan ganas de comérselos, y habrá pensado que quería matar a alguno para hacer un escabeche de pingüino de Magallanes auténtico. Qué sé yo.
Pero lo cierto es que mi compañero y yo, sin haberlo acordado, decidimos jugar un poco con la devoción protectora de la Gracielita y estuvimos largo rato dando vueltas por distintos recovecos, pero separados el uno del otro, para que la pobre no supiera a quién seguir.

Durante esos recorridos, saqué estas dos fotos:


¿Bonitos, verdad?

Sin embargo, el placer nunca dura demasiado, y los momentos de felicidad duran menos aún.

Nosotros nos dimos el gusto de enloquecer a la Gracielita, pero ella tenía aliados y los usó.

Sus aliados eran los guardafauna, así que pronto tuvimos encima de los talones no solo a la guía mal educada sino también a uno de los mentados cuidadores.

Dos a dos –estábamos empatando–. Pero nosotros ya nos habíamos hartado de la situación y comenzamos a volver mansamente, charlando, hacia el sitio donde estaba la camioneta que nos había llevado al lugar.

Entonces se produjo la situación más hermosa y también la más deleznable.

LA ESTUPIDEZ - Episodio 7

PUNTA TOMBO
LA GRAN COLONIA DE PINGÜINOS


En esta segunda y última excursión se nos acabó por completo la escasa buena suerte que habíamos tenido.

Ya fuera de la hora convenida pasó a buscarnos por el hotel la guía que nos acompañaría a la pingüinera y... ¡aaay!

La mujer se presentó con el nombre de Graciela. Este nombre, que significa "agraciada, agradable, que tiene encanto natural", no le sentaba bien.

No tenía ninguna de esas características y rápidamente se notó que la madre natura ni siquiera la había agraciado con la inteligencia.

Tengo muy buena "oreja" y enseguida comprendí que estábamos perdidos.
Graciela pretendía resultar graciosa, pero su bajo coeficiente intelectual y su escasa cultura la hacían aparecer patética.

En fin, estábamos atrapados; queríamos ir a la pingüinera de Punta Tombo y no teníamos tiempo de buscar otra excursión, así que tratamos de hacer caso omiso de su cháchara insustancial y de sus risitas bobas, hasta que, muy cerca ya de nuestra meta, comenzó a dar instrucciones.

Hasta aquí vine haciendo un recuento de señales de estupidez, pero ni con la más desaforada imaginación hubiera podido sospechar la cantidad de cosas absurdas que todavía iba a ver y oír. Así que en lugar de continuar enumerándolas, me voy a limitar a relatarlas.

LA ESTUPIDEZ - Episodio 6

PUERTO PIRÁMIDE

Es donde me han dicho que pueden verse las ballenas, y les creo, porque allí iba en busca de estos magníficos cetáceos la ex Princesa de Gales, Diana.

Yo no vi ninguna, pero supongo que esto se debió a que elegí mal el mes y ellas ya habían dado por finalizadas sus maternales vacaciones en la península.

Pero si de algo estoy segura es de que la mala suerte se ensañó con nosotros por esto de haber llegado tarde. Porque la gente de la agencia de turismo afirmaba: "Hasta ayer, había... Hasta ayer, había..."
Qué mala pata, ¿no?

En fin, la navegación había sido pagada, así que por lo menos quisimos dar un paseo por el mar. Es muy bonito ese mar, y el agua tiene un color maravilloso, que en las fotos se ve bien.

Así que nos pusimos unos salvavidas anaranjados, que al decir de Mery no flotan pero se ven muy bien desde los helicópteros, cuando hay que rescatar náufragos –eso me gustó–, y nos subimos a una lancha en la cual reapareció una de las señales antes vistas:
Prohibido fumar (incluso en la borda).

¿Y cuál podría ser el bien jurídico protegido del humo o del fuego de un cigarrillo en una lancha en el medio del mar?
El sentido común diría que ninguno.

Pero ya Thomas Hobbes decía en su Leviatán, allá por el siglo XVII, que el sentido común no es algo común; y yo, que soy bastante avispada pero no escapo a la regla del filósofo inglés, llegué a la conclusión de que la buena gente que determina estas prohibiciones tiene razón.

Porque no sé si usted sabe que muchas de las ballenas van allí a parir y amamantar a la cría, y que los médicos dicen que las mujeres preñadas no deben fumar porque le harían daño al feto.

Entonces yo digo: está muy bien que prohíban fumar en ese mar, porque puede haber ballenas preñadas, y si a alguna se le ocurriera tomar el ejemplo de los turistas y fumar, podría dañar seriamente al ballenato feto.
Y además ¿se imagina de qué tamaño tendrían que ser los cigarrillos?

Pero volvamos a la navegación. Por supuesto, el conductor de la lancha sabía mejor que cualquiera que las ballenas ya no estaban en la zona, y tal vez con la muy lícita intención de que nos fuéramos contentos y recomendáramos la excursión a nuestros conocidos, sabiendo que a falta de pan buenos son bollos, nos hizo ver un espectáculo muy gracioso, que es el de las fotos siguientes.


Aquí puede verse un lobo marino durmiendo sobre un peñasco.

La lancha se acercó hasta tocar el borde del peñasco y este lobo, que podría competir con cualquier actor de teatro inglés, se despertó y comenzó a hacer su show. Véalo.

Estuvo un ratito sentado, haciendo caras y abriendo la boca como si fuera a bramar, y en cuanto la lancha comenzó a moverse, volvió a dormirse.

Estoy absolutamente convencida de que a este simpático animalito, que es bastante viejo, le pagan por la actuación –calculo que cuando no hay turistas cerca le darán un balde de pescados o algo así–, pero la verdad es que fue muy lindo verlo desde corta distancia –estaríamos a dos metros y medio– y todos nos divertimos con él (sospecho que a ese lobito los amigos chubutenses le mandan un psicoanalista para que le alivie los traumas ocasionados por la presencia de los turistas).
En fin: un Maestro. ¡Gracias, lobito!

Y de allí nos volvimos a Puerto Madryn, al hotel, donde nos despedimos de Mery, a quien de verdad fue un placer conocer.